Jeremías 29:11 — Un Dios de proyectos y de esperanza
“Porque yo sé los planes que tengo para vosotros —declara el Señor—, planes de paz y no de mal, para daros un futuro y una esperanza.”
Este versículo nos revela algo fundamental: toda persona en la tierra es un proyecto de Dios, lo sepa o no. Cada vida tiene valor, propósito y sentido delante de Él. Sea creyente o no, cristiano o no, nadie existe por casualidad. Dios tiene un plan para cada ser humano.
Jeremías 29:11 nos enseña que los proyectos de Dios para nosotros son de paz, bienestar, salud, prosperidad y bendición. Él no es un Dios de desgracia ni de destrucción. Su corazón es dar un futuro lleno de esperanza.
Sin embargo, vemos que muchos seres humanos usan sus vidas para causar daño, para producir sufrimiento y para herir a otros. Eso no viene de Dios. La maldad no forma parte de Sus planes, sino del mal uso de la libertad humana y de la influencia del pecado.
Cuando la Biblia nos presenta a Dios como el Dios de los proyectos, también nos está diciendo que nosotros, como seres humanos, debemos vivir con propósito. No estamos llamados a caminar sin dirección. Cada persona necesita proyectos en su vida: metas, visiones, sueños. Pero el mejor proyecto de la vida es siempre el espiritual, aquel que tiene que ver con nuestra relación con Dios y con el propósito eterno.
Por eso la pregunta es inevitable:
¿Cuál es tu proyecto espiritual?
¿Qué estás construyendo en tu relación con Dios? ¿Hacia dónde se dirige tu vida interior?
Dios no solo tiene proyectos para nosotros, sino que le agrada intervenir en los proyectos de los suyos. La Escritura nos anima a confiarle nuestros planes:
“Encomienda al Señor tus obras, y tus pensamientos serán afirmados.” (Proverbios 16:3)
Cuando ponemos nuestros proyectos en las manos de Dios, Él los dirige, los purifica y los hace prosperar conforme a Su voluntad. Tal vez no siempre se cumplan exactamente como los imaginamos, pero sí como Dios sabe que es mejor para nosotros.
Conclusión
Jeremías 29:11 nos recuerda que Dios es un Dios de esperanza, no de fatalismo. Nuestro futuro no está en manos del azar, sino en las manos de un Padre que piensa en nuestro bien. Confiemos en Sus planes, alineemos nuestros proyectos con los suyos y caminemos con la certeza de que en Él siempre hay esperanza.